Rompiendo los hilos invisibles del maltrato

Autora: Ivana Besevic
Autora: Ivana Besevic

 

Cuando creces en un entorno basado en el maltrato es difícil salir de él. Se asemeja a una jaula de cristal en la que vives encerrada sin saber realmente que no puedes escapar de ella. ¿Cómo liberarse de unas ataduras que para tus ojos pasan desapercibidas? Ese fue mi caso. Nunca fui consciente de la clase de monstruo que me acechaba hasta que no alcancé los quince años de edad. Nunca olvidaré ese día en el que una chica, una de tantas por desgracia, vino a mi instituto para ilustrarnos los roles de género que se nos habían implantado desde pequeñas y como eso, en su caso, derivó en maltrato por parte de su expareja. Me recuerdo sentada en aquella butaca, con la mirada totalmente fija en aquella figura que ilustraba supuestas situaciones de maltrato que yo conocía a la perfección. Nunca jamás pensé que me sentiría tan identificada con ella, porque esas situaciones que ella denunciaba y tachaba de maltrato, para mí eran parte de mi día a día. Y lloré, en completo silencio, como nunca antes recuerdo haber llorado. Cuando acabó no pude más que acercarme a esa superviviente y darle las gracias. Remotamente, como si ella leyera en mis ojos el guión de mi vida, como si me atravesara el alma, me dijo “Sé fuerte“.

Sí, mi padre es un maltratador, y abrí los ojos recién cumplidos los quince tras sufrirlo, tanto mi madre como yo, durante toda mi vida. En el momento en el que te das cuenta de que un modelo ejemplar como era mi figura paterna comienza a resquebrajarse a la velocidad de la luz, juro que en ese instante tu mente colapsa. Y comienzas a pasar por distintas fases. La primera que tuve yo fue la de Negación. ¿Alguien tan bueno, cariñoso e inteligente como mi padre puede ser un maltratador? Ni de coña. “Es que él tiene un carácter bastante fuerte” tratas de repetirte una y otra vez. El primer error que se comete es siempre tratar de buscarle justificación, cerrar los ojos a todas la humillaciones, gritos y golpes pensando que simplemente está atravesando un momento duro en su trabajo. Como pude ser tan tonta.

La segunda fase es lo que yo denomino “El derribo”. Ahí es cuando comienzas a analizar cada gesto, cada palabra, cada indirecta que el príncipe convertido en dragón lanza. Y en pequeños flash back vienen a tu memoria situaciones y recuerdos que tu guardabas como felices, pero que acaban desmoronándose. Como por qué papá apretaba el acelerador del coche cuando discutía con mamá hasta notar cómo en las curvas el coche hacía movimientos extraños, por qué ella llorando te mandaba a tu cuarto mientras sus ojos gritaban auxilio antes de volver a soportar los gritos de papá, cómo te decía que las verdaderas señoritas debían sentarse con las piernas cruzadas y nunca interrumpir una conversación con tus opiniones sin sentido, entre millones y millones de situaciones más. Todo lo que en tu mente consideras correcto o aceptable se vuelve polvo, como un edificio en ruinas. Porque que tu padre te prohíba salir con chicos porque no quiere que te conviertas en una mujer (dicho con desprecio y asco), es señal de maltrato. Porque que tu madre y tú tengáis miedo de hablar de cosas que ocurren en casa con amigos y familiares por si papá en casa os grita y os humilla, es maltrato. Porque que rompa la madera de los tablones de tu cama cuando discutía con mamá para no hacerle daño a ella, es maltrato. Porque menospreciar a la mujer, es y será siempre maltrato.

Y tras esto comienza la rebelión y el miedo. Comienzas poco a poco a señalar las actitudes que no te gustan, a soportar sus malos tratos cada vez menos, a despertar y darte cuenta de que, o haces algo, o es probable que acabéis, tanto tú como tu madre, en un hospital o en las noticias del medio día. Él al instante se da cuenta de que no está en la cima, de que la que creía que era su niña pequeña y frágil está despertando y convirtiéndose en una mujer fuerte e independiente. Ahora es cuando su foco se centra en ti. Lo notas el doble de violento contigo, el padre cariñoso y afectuoso se convierte en un reptil frío y calculador, un déspota dispuesto a infligir el máximo dolor para seguir reteniéndote en su jaula invisible. Comienzan el chantaje, el menosprecio, los actos violentos, insultarte y humillarte hasta el llanto mientras se burla de tu debilidad. Nunca nada se asemejó más al infierno que ese piso que yo consideraba hogar. Ves a tu madre derrumbarse en tus brazos cada vez que él sale por la puerta, esperar con tensión ante la tormenta de su llegada, llorar en silencio ahogándote contra la almohada solo para que no escuche tus quejidos de dolor cuando te cortas las muñecas. Y es que por su culpa caí en las auto lesiones por el mero hecho de que lo que me rodeaba era demasiado para mí. Demasiado tratar de hacerle ver a tu propia madre que el que creías que era tu padre era malo para ella, que o ella le daba una solución divorciándose o esto acabaría con ambas. Durante una discusión, una de las últimas que ocurrieron en este piso, mi padre le dijo textualmente: “muchas veces no le había pegado dos hostias porque sabía que dormiría en la cárcel, pero se las merecía“. Ahí es cuando creo que en la mente de mi madre sonó ese click de alarma y en el que se armó de valor para buscar ayuda en el Instituto de la Mujer. Allí fue donde le confirmaron exactamente lo que yo venía diciéndole desde hacía meses y ella se trataba de negar a sí misma. Que ese hombre era un maltratador psicológico de manual y, o le ponía remedio, o no quedaría mucho hasta que le propinara el primer golpe.

Recuerdo el día que le pidió que se marchara de casa, él casi enloquece. Encontrarme a mi madre esperándome a las doce de la noche en el banco enfrente de casa después de volver tras salir con mis amigos y decirme con voz temblorosa que tenía miedo de volver a casa sola. ¿Sabéis qué es lo peor? Que durante el tiempo del proceso de divorcio tú tratas de acercarte a él. Quieres que siga siendo ese padre que creías tener, le das una segunda oportunidad. Y falla. Una vez detrás de otra. Y ve en ti una manera de continuar haciéndole daño a tu madre, de continuar con su tortura por despecho y rencor.

Ha pasado cerca de un año desde que se fue y a día de hoy continúo sufriendo su maltrato y su acoso. Me ha apartado de mi familia paterna, he desarrollado trastornos como la ansiedad y la depresión gracias a él. Sigo sintiendo miedo cada vez que lo veo por la calle, cada vez que recibo un nuevo e-mail suyo. No os hacéis a la idea del dolor que te produce saber que siempre estarás unida a él, el asco que te provoca que corra por tu cuerpo su misma sangre. Os cuento esto no para daros las claves de cómo salir del maltrato, o para que sintáis lástima de mi u os compadezcáis. No tengo ni idea de como superarlo al 100% porque voy a volver a tratar de recibir ayuda psicológica después de que una psiquiatra de la seguridad social me dijera que todo eso eran simples discusiones, que tu padre mande la carta certificada con su nuevo permiso de armas a tu correo postal para que tu madre lo lea y tenga miedo de bajar a comprar el pan es “normal”. Sólo quiero haceros llegar mi historia, que chicas que me lean y vean que sus madres se asustan de las reacciones de sus padres, que lloran cuando discuten y temen sus gritos y golpes, que sus padres les imponen los roles que debemos seguir por ser “niñas”, quiero que todas esas chicas me lean y abran los ojos. Quiero ser esa valiente anónima que se subió al escenario de mi instituto y fue capaz de abrirme los ojos a mí. El maltrato no solo viene de parte de vuestra pareja, puede venir de ese referente parental que veis como infalible. Y si os sentís identificadas pedid ayuda, gritad, llorad, hacedle frente a esos fantasmas que os persiguen. Porque puede que una sola sienta miedo, pero todas unidas formamos la barrera necesaria contra el maltrato.

Sé fuerte.

Sobre Bea

Soy una joven feminista recién iniciada con muchas ganas de seguir formándome y tratar de ayudar y llegar a aquellas chicas que han pasado por situaciones similares a las mías.

2 thoughts on “Rompiendo los hilos invisibles del maltrato

  1. Me alegro de que tu madre diese el paso más importante y decidiera separarse. Me encanta leer que estábais unidas durante el proceso. Se fuerte, se puede dejar todo esto atrás siempre que seáis capaces de alejaros de sus tentáculos y mirar hacia delante. Mi historia es mucho más cruda, con palizas y humillaciones terribles, pero lo más duro de mi experiencia personal, es que mi madre siempre le apoyó y negaba el maltrato, presionaba para no hacer público nada de lo que sucedía dentro de casa, se ponía de su parte para ganarse su respeto (como comprenderás, nunca lo conseguía…). Yo lo he dejado atrás y llevo una vida plena y feliz, me marco metas y las consigo. Si yo he podido, tú también puedes! Un fuerte abrazo de una incansable compañera de lucha contra la violencia y la desigualdad de género

    1. Es genial leer que se supera. Yo también estoy pasando una situación similar. Mi madre ha dado el paso de decirle que de vaya hace poco, pero aun así sigue controlada por el, le defiende y me llama exagerada cuando digo que no quiero a alguien así mas en mi vida después de las humillaciones y palizas. Gracias por este articulo, me ha hecho sentir comprendida y alentada para seguir luchando. Un abrazo enorme a las dos, compañeras!

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