La culpa solo es del agresor

Autora: Adara Sanchez Aguiano
Autora: Adara Sánchez Aguiano

Quisiera relatar mi experiencia con un intento de violación que sufrí, con la intención de ayudar a quien esté pasando por algo similar.

Era tarde cuando salía de la facultada dispuesta a tomar el bus como todos los días. De repente dos desconocidos me asaltaron desde una esquina. Sin tiempo a reacción uno de ellos ya me tenía agarrada por detrás, inmovilizandome y su compañero batallaba para intentar sacarme la ropa.

Mi corazón latia a mil por hora mientras intentaba zafarme de esos dos animales. Llevaban la cara parcialmente cubierta pero eran más corpulentos y fuertes que yo. En pocos instantes consiguieron quitarme una bota y romperme la blusa. No sin esfuerzo conseguí liberar mi boca de su mano y gritar todo lo fuerte que pude. Mi suerte fue que unos muchachos que se encontraban cerca oyeron esos gritos y, en lugar de seguir por su camino como si no fuera con ellos, vinieron en mi auxilio.

Los dos asaltantes huyeron a toda prisa y no consiguieron atraparles. Me encontraron en el suelo, con la blusa rota, llorando y temblando. Quisieron ayudarme, ponerme en pie y taparme con uno de sus jerseys. Pero cada vez que se acercaban yo gritaba y pataleaba para que no se me acercaran, tirada en el suelo como un cachorro herido.

Me sentia impotente, aterrorizada y sobretodo muy vulnerable. Solo conseguí sentirme algo más segura cuando llegaron la policía y los servicios médicos. Tuve suerte dijeron. Solo magulladuras del forcejeo.

Pensandolo fríamente, sí, tuve suerte, suerte de que alguien me oyera, acudieran en mi ayuda y la cosa no llegara a mayores. Pero yo no me sentía con suerte. Tenia 18 años y era una cría. Hacía poco que había perdido a mi madre y ese fue el golpe que acabó por desmoronarme.

Fueron muchos meses de terapia con un psicólogo, de calmantes y de pastillas para conciliar el sueño.

La policía no pudo identificar a los agresores. Y yo me sentía mal. Mal por no ser más fría e inteligente en ese momento y prestar atención a detalles que pudieran servir de ayuda a la policía.

Todo se supera, es cierto. Pero fueron meses muy duros. Meses de no confiar en los hombres. De desconfiar de quien andase detrás de mí. De una esquina oscura. De la persona que se me sentaba al lado en el bus… Meses en los que cambié mi forma de vestir, pensando que podía evitar incitar a alguien a repetir lo que me pasó.

Pero todo se supera, es cierto. Y una vez superado me alisté voluntaria a un grupo de apoyo para mujeres maltratadas. Queria utilizar todo el dolor que pasé para ayudar a otras personas con problemas similares.

Por eso les cuento mi experiencia. Porque pase lo que pase tengan claro una cosa: la culpa jamas es nuestra. No importa si llevamos una falda muy corta o un gran escote. La culpa es suya. Siempre.

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