Del acoso callejero a la violación. Sólo nos queda luchar

rose
Autora: Super Bookworm Girl

Mi padre siempre me delimitó la hora de volver a casa porque era “demasiado bonita”. Una niña rubia excesivamente desarrollada para su época, poco más.

La menarquía me sorprendió cuanto apenas tenía 9 años. Mi cuerpo se rellenó con proporción de mujer y se me acentuaron las curvas con esa armonía que sólo la naturaleza nos brinda. El problema es que todo transcurrió en medio año.  Aquellos señores amables de mi barrio que me saludaban con gesto tierno antes de mi desarrollo dejaron de reconocerme en un breve lapso de tiempo. Sus palabras afectuosas quedaron envenenadas en una amalgama ponzoñosa de piropos obscenos. Y yo, con 9 años, sin entender el porqué de ese tropiezo. Demasiado desarrollada para caber en una camiseta de Mickey Mouse. Muy poco atrevida para ir en tirantes, porque el busto incipiente de una pre-adolescente es un delirio arrebatador para más de un viejo chocho indeseable. Y eso me avergonzaba y me hacía sentir repulsiva, a partes iguales.

Cuando ya aprendí a caminar entre insolencias y exabruptos de hombres encaramados a un andamio, un buen día fui a comprar golosinas. Salí de la tienda y un tipo paró en moto delante de mí. Sin mediar palabra, me palpó un pecho y arrancó el vehículo con un ruido ensordecedor. Qué angustia y qué asco. Subí a mi casa y me froté el pecho con lana metálica de fregar. Me odié por tener senos. Porque esa camiseta era demasiado ajustada. Por ser mujer. Porque mi padre tenía razón en todo. Pero lo que nunca imaginé que esa sería la primera cuenta de un rosario de agresiones. Y la más dura llegó recién cumplidos los 18 años.

Una noche salí de fiesta a una conocida discoteca del extrarradio  Yo, esperando a ser atendida en la barra y envuelta en ese halo de la inocencia post-púber, acepté el chupito ofrecido por cinco chicos. Y me borré del mapa. Me apagué como una vela. No recuerdo nada más.

La policía me despertó horas más tarde en el parking del local. Que cómo te llamas, que qué te ha pasado. De ahí al ambulatorio más cercano. Después, al hospital de la ciudad.

Marcas de sujeción en los brazos. El labio inferior reventado por un puñetazo certero para hacerme callar. Anestésico para caballos en mis venas y una hemorragia de dolor incesante que me impidió sentarme con tranquilidad en las sillas de la facultad durante los muchos días que duró el calvario de remontar una violación.

Y es que “ibas demasiado escotada”. Y “eres demasiado simpática”. Y “es normal que te pase esto, con lo alegre que vas”. Mi padre me pinchó en el trasero una inyección retroviral y este tema tabú quedó sepultado por la vergüenza familiar.

He llegado a mis 31 años harta, muy harta. Palmadas en el culo por llevar mini falda. Tirones en el pelo porque “qué buena que estás”. He querido esconderme y recluirme. No mostrarme demasiado. Recogerme el pelo en un moño. Vestir con vaqueros largos, pero qué va. No cambian. Nadie cambia. Sólo nos queda luchar.

vasprovocando

Sobre Victoria

Más tarde, quizás.

5 thoughts on “Del acoso callejero a la violación. Sólo nos queda luchar

  1. Eres grande, inspiradora; tienes valor y una gran furia contra la injusticia. Nadie se merece que le hagan tanto daño y recordaré tu experiencia para enseñar el dolor que nos hace el patriarcado. Muchas gracias por contarlo, créeme si te digo que nos sirve de mucho 🙂

  2. Es terrible… qué impotencia… no son las faldas ni los escotes… es la educación. Y encima de lo que sufres te toca sentirte mal por no haber sido precavida, es que es la hostia.
    Un abrazo fuerte.

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