Cabe la posibilidad de que no lleguemos a casa

Autora: Becky Jaraiz
Autora: Becky Jaraiz

Decimos que la calle y la noche también son nuestras. Pero todas las noches, al volver a casa, se me pasa por la cabeza la misma pregunta: ¿me pasará algo hoy?

Generalmente no me dejo acobardar y decido volver a casa andando asumiendo que me encontraré con todo tipo de personas, algunas de ellas haciendo de la calle un lugar únicamente para ellos. He de decir que no me acobardo cuando son horas en las que se que va a haber algún tipo de tránsito por las calles, pero a partir de cierta hora si que es verdad que hay que hacerse las valientes para poder andar tranquila, y ese es el problema: que queremos ser libres, no valientes, sea la hora que sea y el sitio en el que nos encontremos.

Lo que ocurrió anoche se salía de toda probabilidad. Centro de la ciudad 23:00, transito por la calle normal para un sábado noche. Al ir por una calle un hombre me persigue por la calle y en un momento me bloquea el paso. Cuando consigo deshacerme un poco de él me meto en la primera tienda que veo abierta, me sigue hasta allí y me vuelve a intimidar, mientras yo sigo gritando. Cuando pasan unos minutos una pareja que pasa por la calle se da cuenta de que algo no va bien, yo les veo y decido reaccionar y consigo salir de la tienda. Las piernas me temblaban y seguía en shock, no era capaz de asimilar lo que había pasado.

Porque son muchas las veces que me habéis hecho cambiar de ruta, de calle o de acera cuando no me ha quedado otra opción. Cómo duele ver con las gafas violetas, porque ves como la sociedad está impregnada de machismo, porque sabes que no es un caso aislado, porque cada vez que decís #NotAllMen podemos responder #YesAllWomen.

Lo que tenemos claro es que no queremos ir acompañadas ni con miedo porque se nos niegue el espacio público y que incluso se nos ponga hora. Porque cuando una amiga nos dice “avísame cuando llegues a casa” es porque cabe la posibilidad de que no lleguemos.

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2 thoughts on “Cabe la posibilidad de que no lleguemos a casa

  1. Mi padre de 74 años el otro día me comentaba que se siente mayor, que su cuerpo no le responde igual que antes. Muy agobiado me decía que cuando sale a la calle de noche tiene una sensación de inseguridad que no había tenido nunca. Le dije que yo siempre me he sentido asi… Creo que por primera vez mi padre empatizó con nuestra situación, lástima que tengan que vivirlo en sus propias carnes para entendernos. Saludos 🙂

  2. Yo nunca había tenido el más mínimo miedo de que alguien pudiera “hacerme algo” por la calle. No me hacía la valiente, no fingía seguridad, es que la tenía. Siempre que me advertían de ello, pensaba que exageraban, que yo era inmune a esas cosas, que esas cosas no pasaban. Era muy inocente y creía en la bondad de todas las personas que pudiera encontrarme por la calle, fuera la hora que fuera y la zona que fuera.
    Pero justo este año, tuve una experiencia casi idéntica en la calle de mi propia casa, justo en mi portal, cuando un hombre que llevaba largo rato siguiéndome a distancia me cortó el paso al intentar abrir la puerta y bloqueó esa misma cuando una vez dentro quise cerrarla, fingiendo no estar asustada.
    El hombre empezó a pedirme tabaco, que no le di (porque no tenía) y acto seguido se tomó la libertad de pedirme el número de teléfono y el piso del edificio en el que vivía. No asumiendo mi negativa, puso su pie en la puerta para evitar que yo pudiera cerrarla e insistió en su petición durante dos minutos completamente aterradores y eternos… entré en el ascensor, que es de cristal mientras el hombre continuaba de pie en la calle, delante de mi puerta gritándome. Cuando entré por fin en casa, rompí a llorar, se me doblaron las rodillas y las manos me temblaban de terror, de un terror que nunca había sentido antes.
    Al día siguiente, volvía a casa sobre la misma hora, las 2 a.m., pues aunque me advirtieron que no debería ir sola a esa hora, no quería alterar ni un ápice mi horario por ese hecho, por muy aterrador que fuera. Me quedé helada cuando lo vi sentado en el portal de enfrente, el mismo hombre, a la misma hora, en el mismo sitio. Rápidamente y antes de que el hombre me viera llamé a mi compañero de piso para que bajara al portal a buscarme, mi compañero bajó y echó a gritos al hombre que estaba sentado esperándome, amenazándolo de tomar medidas si volvía a rondar por ahí.
    La verdad, es que nada me asqueó tanto como el hecho de tener que llamar a mi compañer(o), pues también convivo con otra chica, pero admito que mi cerebro automáticamente recurrió a llamarlo a él y no a ella, Que asoció mi seguridad a una figura masculina y no femenina. Pero lo peor, la conlcusión, es que no debería existir ésta necesidad de seguridad, de protección, de tranquilidad… Que hemos de poder ir seguras, protegidas y tranquilas sin miedo a encontrarnos un “hombre con oscuras intenciones” y sin vernos empujadas a recurrir a otro hombre para librarnos de esos….

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