Mamá, ¡quiero ser pintora!

Vanitas: Probable autoretrato de Clara Peeters
Vanitas. Probable autoretrato de Clara Peeters

 

Hace un par de días amanecía con la noticia de que el Museo del Prado realizará la primera exposición monográfica dedicada a una artista, Clara Peeters. Pese a mi emoción ante tal acontecimiento siempre me resulta bastante indignante el hecho de que museos con tanto nombre hayan esperado hasta ahora para ofrecer un exposición monográfica dedicada a una mujer, uniendo a mi descontento la escasa presencia de pintoras en la primera pinacoteca nacional añado la cuestión del papel de la mujer a menudo olvidado, y con frecuencia simplemente ignorado en la pintura y en general en el mundo del arte.

Desde el punto de vista del arte, el cuerpo femenino ha ocupado un lugar esencial en el estudio de artistas tanto en el pasado como en la actualidad. De hecho en la historia siempre ha sido sinónimo de proporción, de perfección o de belleza. William Shield en su libro El desnudo del arte anunciaba “el arte, en su anhelo de simbolizar de la mejor forma posible su concepción de lo bello, ha recurrido casi siempre al cuerpo humano” (1968). Tratar el desnudo dentro del arte exige reconocer que ha sido intervenido de manera completamente diferente según qué cultura, pero además, se debe reconocer que en la Historia del Arte Europeo el cuerpo de la mujer ha sido deshumanizado para convertirse en un mero objeto de deseo sexual. En la pintura al óleo del desnudo femenino Europeo se presupone siempre que la obra, el placer de visionar es ofrecido al género masculino, todo va dirigido a él, como diría Berger, “Todo debe parecer un mero resultado de su presencia allí” (1972, p.30).

La historia del arte Occidental, desde el Renacimiento hasta mediados del Siglo XX se ha caracterizado por el predominio de imágenes donde se presenta el cuerpo femenino al desnudo, representación que responde a unos estereotipos sobre lo que social y culturalmente se ha presupuesto como femenino. Pero esta herencia tiene sus inicios, tal y como relata John Berger, en cómo la tradición representaba a Adán y Eva. En el Génesis, llama la atención que “los protagonistas cobran conciencia de su desnudez porque se ven el uno al otro de manera distinta por culpa de haber comido la manzana. La desnudez se engendró en la mente del espectador” (1972, p.27-28). Además, otro hecho sorprendente que también narra Berger es cómo se culpa a la mujer y se la condena a ser una subordinada del hombre, mientras que éste cuenta con el privilegio de convertirse en el agente de Dios. Es por lo tanto esa concepción del desnudo femenino donde la mujer responde a unos estereotipos de ser casta, limpia, delicada, obediente, etc., y esto no es más que el resultado que ha generado la cultura a lo largo de generaciones hasta nuestros días. Es fácil reconocer esos estereotipos en diversas obras, centrémonos en La Venus de Urbino de Tiziano, ella responde a un tipo de obras que por su técnica y forma eran socialmente aceptadas, la Academia y los salones de arte reconocían hasta finales del S.XIX una mujer idealizada, que se ofrecía al espectador y que poseía una relación especial con el pintor, su mirada es siempre sumisa, la mayoría de veces no se enfrenta a los ojos del espectador, su postura visual es cabizbaja, y si lo hace, lo mira complaciente, agradecida, a través de éste rasgo se ofrece; la mujer está representada como un objeto para ser mirado. En la modernidad aunque algunos artistas comenzaron a cuestionar esta imagen tan generaliza y como dice Berger “rompieron el ideal” (1972, p.35), los primeros pintores vanguardistas del siglo XX ofrecieron con sus obras la imagen por ejemplo, de la prostituta. Así lo hace Manet con su Olimpia; con ella suscitaron temas relevantes, quizás a través de su mirada se intuía una obra diferente, donde la mujer posee un control peligroso y transgresor, se trata de una “Venus” que mira fijamente al espectador, y no de una manera sumisa, todo lo contrario, en ella se reconoce una expresión desafiante, su pose es una referencia clara a la Venus de Urbino de Tiziano, sin embargo hay rasgos que difieren de una obra a la otra; Manet ofrecía un estilo antiacadémico que fue muy criticado, su Olimpia poseía unos contornos muy marcados frente a la sutileza y el relamido excesivo de Tiziano, otro rasgo relevante es el que ya se mencionaba anteriormente, la mirada, una mirada que la des-objetualiza, y este es quizás el rasgo más importante de la Olimpia, aquello que tanto llamó la atención frente a las obras académicas.

Y a pesar del trasfondo de esta comparación y de las diferencias que puede sugerir una imagen con la otra, el modo esencial de ver a una mujer continuaba siendo cuestionable, añadiendo el hecho de que además se nos pretendían roles de nuevo significativos (prostituta), la tragedia continuaba en ver a las mujeres representadas completamente distintas de los hombres, pues el espectador “ideal” continuaba siendo masculino.

Es más interesante, si cabe, esclarecer algunas estrategias de resistencia por parte de mujeres a través del arte. Griselda Pollock estudió de cerca a la artista Mary Cassat, concretamente se centró en su obra L ́opéra. Al analizar esta obra hay elementos que llaman claramente la atención del espectador, en el óleo se oponen dos miradas, la de la mujer y el hombre que la mira, pero la magia en esta obra reside en la particular mirada de la mujer. La protagonista no mira al espectador, convención que a lo largo de la tradición artística confirma el derecho del varón a analizarla y juzgarla. En esta obra el espectador es el hombre, está situado de forma que representaría nuestra propia posición como espectadores. Griselda Pollock decía algo así como que Mary Cassatt había ingeniado detalles en la obra magníficos con los que representar y reflejar al espectador dentro del cuadro; además, trata un asunto relevante, que los espacios públicos del Siglo XIX estuvieran controlados por hombres que poseían el derecho a mirar y analizar a las mujeres; es relevante también el detalle de los anteojos de lo que se ve provista la mujer, al observar tras ellos evita ser objetualizada, “confirmando que la mujer es el sujeto de su propia mirada”. (Nochlin, 1988, pp.75-76).

La representación del género femenino ha estado expuesta a una serie de estereotipos y clichés presentes en la cultura visual de tal manera que se han transformado para nosotros en un fenómeno natural, el resultado de esa imaginería con la que el género masculino ha provisto al femenino ha proclamado al mismo tiempo cómo debe constituirse una mujer, cómo debería comportarse, qué debe ser, etc., a través de una obcecación de representarla inmersa en una serie de roles predeterminados (diosa, musa, madre, virgen, Eva, puta, esposa, monja…). Sin embargo, Griselda Pollock menciona al respecto una conclusión que añado a este artículo, “El hecho de que los hombres obtengan placer al mirar a las mujeres bonitas no responde a ningún orden natural de las cosas, por mucho que ese orden haya sido naturalizado” (2003, p.165).

En definitiva, tal y como resumiría Lynda Nead en El desnudo femenino “hay un cuerpo femenino “natural” creado a partir de pautas de dominio y sumisión por la cultura patriarcal, construcciones simbólicas ideales” (1998, p.49).

Claro está que toda esta exposición de hechos basados en la tradición ha convencionalizado el desnudo, la pintura al óleo Europeo presupone que el protagonista es siempre el espectador masculino, y la obra debe ser supeditada a sus preferencias.

Linda Nochlin esclarecería de manera exquisita el asunto cuando señalaba que:

La culpa no hay que buscarla en los astros, en nuestras hormonas, en nuestros ciclos menstruales o el vacío de nuestros espacios internos, sino en nuestras instituciones y en nuestra educación. Educación entendida como todo aquello que nos ocurre desde el momento en que llegamos a este mundo de símbolos, signos y señales cargados de significación. (1971, pp. 285-286).

Griselda Pollock escribió un artículo, ¿Sobrevive la historia del arte ante el feminismo?, donde se cuestionaba entre otras problemáticas para las mujeres, la raíz del patriarcado dentro del arte. En el análisis Pollock esclarece cómo para ella “el verdadero proyecto del discurso de la historia del arte es proponer una celebración de la masculinidad” (1973 pag.2) Además es muy importante atender al uso del lenguaje, “las palabras lo revelan todo” dice Pollock, por ejemplo se atiende a este fenómeno en la expresión “vieux maîtres” (viejos maestros), no existe un equivalente femenino. Es evidente la diferenciación estructural dentro de la cultura en general y concretamente visible en el lenguaje.

Así pues, no es complicado plantearse por qué no ha habido mujeres artistas, tal y como se cuestionaba Linda Nochlin:

La cuestión de la desigualdad de la mujer, en el arte o en cualquier otro ámbito […] recae sobre la naturaleza misma de nuestras estructuras institucionales y sobre la revisión de la realidad que imponen a los seres humanos que la integran. Tal y como señaló John Stuart Mill hace más de un siglo: -Todo aquello que es habitual parece natural. Siendo el sometimiento de las mujeres a los hombres una costumbre universal, cualquier desviación de ella parece, de manera perfectamente natural, algo antinatural-. (1971, p.286).

Es importante no pasar por alto el hecho de que los análisis feministas no solo prestan atención al patriarcalismo artístico y a la imagen que se ha generado con una determinada y continua representación del cuerpo femenino, sino que se ha recalcado una y otra vez, como dice Patricia Mayayo en historias de mujeres historias del arte (2003), que una obra de arte no es un producto “inocente”, desprovisto de carga ideológica, sino que responde a discursos dominantes en la sociedad en la que fue creado. Es decir, lo masculino se ha convertido en una norma de lo genérico, o cómo resumiría Sheila Rowbotham “nos conocemos a nosotras mismas a través de mujeres hechas por hombres” (1973, p.40)

Quizá me siento frustrada desde una doble vertiente, pues soy pintora y soy feminista, pero hay una certeza innegable con la que todos nos deberíamos sentir cabreados, y es que la cultura siga siendo patriarcal, o como tener que sentirnos agradecidxs puesto que al fin el museo del Prado realice la primera exposición monográfica dedicada a una artista, cuando tiene cerca de 5.071 obras realizadas por hombres frente a 41 obras realizadas por mujeres…

Sobre Mabel G Bureta

Graduada en Bellas Artes. Osada, comprometida, constante, feminista y activa. Alguien pensó que yo valía para algo más yo pensé que si no hiciera lo que hago el mundo sería demasiado serio, poco creativo y nada emocionante.

2 thoughts on “Mamá, ¡quiero ser pintora!

  1. No se puede ser mas veraz…… Felicidades por este magnifico articulo cargado de vision clara y de. muchisimo conocimiento sobre este tema.

  2. Estoy muy sorprendida por este tema del museo Del Prado, espero que este tipo de noticias dejen de sorprendernos dentro de poco, mientras tanto gracias a las personas que escriben sobre ello y lo hacen de forma tan elegante.

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