Cuando de fiesta todo el mundo se cree Aristóteles

Autora: Harumi Hironaka
Autora: Harumi Hironaka

Ya no soy la misma que hace unos años. Siempre que salía por la noche, incluso prefiriendo quedarme de tranquis en una casa o salir a un ‘pub’ como la buena ‘viejoven’  que soy, procuraba ir con cierta concentración de alcohol en sangre para mantener ese puntillo con el que, aún con los capilares de las mejillas repletos y con una sonrisa de oreja a oreja, podía mantener cierta compostura. Pero una madura y, con una tendinitis de caballo y un buen chute de ibuprofeno para mantenerla a raya, una noche de jueves hará algo así como un mes decidí cuidarme de una úlcera gástrica y tirar de un veneno algo menos dañino a corto plazo, la Coca Cola.

En qué hora.

Aquella noche recordé por qué hasta ahora me había dedicado, cada vez que salía, a beber lo justo para mantenerme contenta o directamente a liarme porros. Y es que no aguanto a la gente. El alcohol había conseguido que me cayera bien todo el mundo. En contrapartida, cuando tú eres la única sobria del lugar (y, consiguientemente, con todas tus capacidades cognitivas intactas), la estupidez de esos desinhibidos infelices refulge como la cola de un maldito Ampharos. Y lamentas no haber aprendido Autodestrucción.

Os pongo en situación.

Mi mejor amiga decide ‘arrejuntar’ ganado, y bien por ella. Por lo general le sale bien la jugada, y de hecho así le estaba saliendo hasta que nos acabamos mezclando con gente que no conocía ni ella. Mira que la ‘feminazi’, en plena resaca electoral, quería pasar de la política. Mira que la que anda siempre dando la murga con esos temas había decidido que, en un contexto en el que había tanta diversidad ideológica, tanto alcohol rulando y tan poca confianza mejor dejar el asunto aparcado. Aquella noche me quería portar bien, hacer caso en eso que decía mi amiga de que la política de fiesta solo sirve para crear mal rollo y todo. Pero los que sacan el tema no son otros que los que precisamente, no han abierto ni un libro, ni el periódico en su vida y de ello se jactan.

Comienza la conversación con una crítica, más o menos fundamentada, del postureo que se traen algunos fingiendo una cultura que no tienen sólo para quedar por encima en las conversaciones. Y que es cierto que muchas veces el saber de la calle y las experiencias personales pueden ser una buena herramienta para formarse una opinión. Ahí es cuando tengo la genial idea de decir “Cierto que hay mucho clasismo intelectual, pero también uno tiene que saber escuchar a los que están mas puestos sobre un tema antes de opinar a lo bruto”. Evidentemente, sólo se quedaron con lo del clasismo intelectual por mucho que lo que viene antes del pero suela ser irrelevante en el discurso, y no era esta sentencia una excepción.

Resulta imposible llamar conversación a lo que vendría a continuación, porque básicamente consistió en un intercambio de rebuznos, de gritos entre dos personas que soltaron las mayores bestialidades sobre política y movimientos sociales que he oído salir de bocas que ya han pasado la veintena. Eso sí, sin dejar meter baza a quienes pretendían entrar a la conversación con otra cosa que no fueran topicazos y errores conceptuales garrafales. No dudo que el alcohol tuviera que ver en las formas, pero en absoluto en el contenido de lo que se estaba diciendo; y así acabamos mi amiga y yo, atónitas, sentaditas en una butaca en posición fetal mientras compartíamos un churretoso piti a medio terminar, deseando que un agujero de gusano se abriera entre los cojines y nos tragara. Excavar es un privilegio de tipo tierra.

Porque pese a nuestros heroicos esfuerzos de establecer una conversación aparte, los gritos amortiguaban nuestras voces. Vamos, que parecía aquello La Sexta Noche con Iñaki López de baja por intento de suicidio. Y yo, con sólo 0.25 de tasa de alcoholemia habría conseguido irme a mi mundo de Yupi bailongo y saltarín, pero estaba tomando ibuprofeno. Será el síndrome de estrés postraumático, pero de lo que sigue de semejante algarabía tengo lagunas. Me limitaré a citar cada frase que me llegó al alma, y cada una de mis réplicas internas, que por la integridad física de los todos los presentes incluyéndome a mí, no expresé. Y por que hubiera sido como cavar en un lago.

– “Estoy harto de estos progres de izquierdas liberales que van de listos y que se lo saben todo”

–  Ejem… ¿Progres de izquierdas liberales? Si te parece consistente tal mezcla ideológica fijo que también juntas el fuagrás del bocadillo con nocilla y la cocacola con los mentos.

– “De verdad que he estado leyendo sobre teoría de género y lo del transgénero no lo entiendo. Me parece una tontería, todavía transexual, travesti… ¿pero transgénero? No existe, no lo recoge la RAE.”

– No mientas, si confundes género con sexo, y si no sabes diferenciar un transexual, un transgénero y un travesti, es que no has leído una puta mierda. Que todos esos conceptos vienen estupendamente explicados en los dos primeros resultados de Google. Qué ironía que te las des de entendido en lo que no controlas, como criticabas antes. Y dejando de lado la patada a la filología que has dado negando la evolución del lenguaje, no entiendo como le das tantísima credibilidad a una institución cuya escasa relación con el lenguaje de la calle les lleva a aceptar en su diccionario “amigovio” y no “follamigo”. Bueno, eso y que está formada en su mayoría por hombres cis, hetero y de una ideología demasiado machirula y rancia como para andar preocupándose por los problemas de las minorías. Aparte que nadie espera que entiendas la identidad de género de otras personas, sólo se te pide que la respetes, y una buena manera manera de hacerlo es no decir tonterías. En boca cerrada no entran moscas.

– “Esas chicas que van de feministas y luego se visten como unas guarras con la falda super corta y se quejan de que les digan cosas, es que tiene narices que no se hagan respetar, ellas lo piden a gritos.”

– Viniendo de una mujer. Autodenominada de izquierdas. Vestida con unos shorts y un bandeau, que no lo censuro, pero leñe, dudo mucho que al volver a su casa le hubiera gustado que unos desconocidos se hubieran puesto a babearle al más puro estilo de Torrente porque “no se había hecho respetar” con su indumentaria. Además lo ideal sería que nos respetaran sin más, no que tuviéramos que currárnoslo poniéndonos un jersey de cuello vuelto con 35 grados de máxima.

Aquí es cuando por fin logré desconectar de la conversación y meterme en otra aparte. Eso no estaba siendo bueno para mi cuerpecito serrano. Pero ojo, que no entré al trapo. Esta vez me comporté. Ya emplearé mis energías en otra ocasión pero decidme, ¿hasta que punto es malo el alcohol para lidiar con estas circunstancias?

Sobre Squirtle Morada

En mis ratos libres me gusta surfear, leer a los pocos humanos que se merecen mi respeto y animar a otros pokémon a liberarse de sus pokeball.

2 thoughts on “Cuando de fiesta todo el mundo se cree Aristóteles

  1. Entre lo de ampharos y lo de iñaki, me has enamorao xD

    Me he reído.

    La verdad que cuesta ir de fiesta cuando te toca conducir, te das cuenta de hasta donde te llevan unas copas xD

    Por cierto, las formas quizás si las provoque el alcohol, pero las ideas… Las ideas están ahí de antes.

    Saludos!

  2. No, no. El alcohol en noches así es absolutamente necesario.
    Me he reído mucho con tu entrada. Me ha recordado noches en las que yo tampoco estaba la suficientemente borracha y he tenido que oír cosas parecidas.
    El argumento de la Academia siempre me hace reír. No te imaginas cuántas veces me han soltado a mí la definición de matrimonio como “unión de hombre y mujer exclusivamente” porque “así lo recoge la Rae”. En su segunda entrada ya incluye entre personas del mismo sexo, pero debe ser que mucha gente consulta ediciones antiguas. De todas formas no sé por qué nadie parece darse cuenta de que los señores académicos no son muy de fiar, sobre todo desde la última reforma ortográfica o la inclusión de “almóndiga”, pero en fin.
    Y lo de “izquierda liberal” también lo he oído mucho, sí. Así, seguidito, y sin que a nadie se le caiga la lengua al pronunciarlo. Pero me voy haciendo fuerte, y ya no me salen sarpullidos cuando lo oigo. Curtirse, lo llaman…
    Lo que me mata, y lo que todavía no me hace reír, es eso de “van de feministas” y “guarras”, en la misma frase, y tantas, tantísimas veces, dicho por mujeres. Es como oír: “yo no soy feminista”. La última vez que pregunté: “pero entonces, ¿qué eres?”, la chica en cuestión me miró con los ojos muy abiertos y me dijo: “Pues eso, normal”.
    Pues eso. Que esa noche yo tampoco había bebido bastante.
    Siguiendo el vínculo he encontrado tu blog. Lo ficho, que me gusta cómo escribes.

    Belén

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