Como me duele quererte

Gabriele Münter: Autoretrato
Gabriele Münter: Autoretrato. Fuente: Museo Thyssen

Todavía recuerdo como, cuando yo era chiquitina, me llevabas a pasear y me comprabas chocolates, aunque a mí mamá no le gustaba. Todavía recuerdo como, entre grandes carcajadas, me mirabas y comentabas lo loca que estaba tu nietecilla, ¡que mira que querer abrazar al gallo del corral! Recuerdo acompañarte a por leña, y pensar en lo fuerte que eras por poder cortarla de un solo golpe. También me acuerdo de las navidades, y de los besos en la mejilla que yo esquivaba con gran felicidad. O de los días lluviosos, cuando dejabas de ver la tele para entretenerme y que dejase de suspirar por no poder ir a jugar fuera. Guardo en mi memoria todos los momentos cálidos que tuvimos, todos los esfuerzos que hiciste por mi sin ser tu obligación. Tampoco me olvido de la pena que sentí cuando papá y mamá dijeron que nos mudábamos a otra ciudad, y los temores que me fueron surgiendo con los años ¿y si se pone enfermo y no estamos para ir a verle? ¿y si se sienten solos?

Pero con la edad, cuando miro hacia esos dulces recuerdos de la infancia, quedo horrorizada por lo que veo. Con la edad, mis ojos ya perdieron su inocencia infantil y veo todas y cada una de tus faltas. Veo como mi abuela, una mujer dulce y buena que paso casi toda su vida a tu lado, recibió el peor de los tratos por tu parte. Veo el ninguneo, el maltrato. Veo como, mientras tu apagabas la tele para jugar conmigo, ella se ocupaba de la casa, y de tu ropa, de velar por sus tres hijes y por les hijes de estos. Veo todas las sacudidas, y todos los manotazos. Recuerdo como un día descargaste toda tu rabia en ella, porque había cogido dinero de la mesita para comprarme a mí y a mi hermano unos caramelos. Recuerdo el desprecio, tu superioridad, su sumisión. Recuerdo como pasabas por encima de ella sin ningún tipo de remordimiento, como cuando sacudías las botas en el felpudo y las dejabas allí tiradas (botas que luego ella recogía).

La yaya hace cinco años que se fue, y yo me pregunto si alguna vez sentiste pena por lo que la hiciste pasar. Si alguna vez te diste cuenta de cómo la tratabas.  Te veo ahí, ante la tele, comentando como las mujeres de hoy en día se han dejado perder, como no se respetan, como no permitirías eso con tus hijas. Y mi corazón se encoge, y mi mente echa espuma de la rabia. Porque eres todo lo que he descubierto que hay que evitar. Eres de lo que me aconsejabas huir de pequeña. Porque eres la causa del sufrimiento de una mujer que perdió su vida en ti. Porque eres por lo que lucho, porque eres lo que quiero destruir.

No sé qué será de ti,  cuánto te queda de vida. No sé si yo estaré ahí. Ni que haré. Ni que hacer. De momento, solo tengo pena y remordimiento por la pobre yaya, que es la que peor lo pasó, viviendo toda su vida en una jaula, maltratada, pisoteada. Pero, aun así, tengo la esperanza de que recapacites, aunque ya sea tarde.

Como me duele quererte, abuelo. Mi yayo, pero ya no tan mío. ¿Cómo querer a un maltratador?  ¿Cómo no quererle si es lo que siempre nos han enseñado? Quiero al recuerdo que tengo de ti, pero odio lo que eres realmente. Mis sentimientos están divididos en dos, como la imagen que tú dabas.

Devoto abuelo, nocivo hombre.

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