¡Ojalá me saque a bailar!

Via OfMoonDust http://ofmoondust.tumblr.com/
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Su habitación estaba sembrada de revistas de moda. Había desbaratado su maravillosa colección y por todas partes estaban los ejemplares abiertos con marcas en varias de sus páginas.

La ocasión lo merecía: Esa noche era su presentación en sociedad y todo tenía que ser perfecto. Llevaba semanas planeándolo. Su mente no había podido dedicarse a otro pensamiento más de cinco o diez minutos al día. Tal era la absorción que sufría por el próximo acontecimiento.

Lo tenía todo listo, pero no podía evitar revisar todos los detalles una y otra vez. Aunque también había decisiones que tenía clarísimas: Sus ropas serían top trending, pero aun así estaba totalmente descartado el total look animal print, pese a que le encantaba; en particular el estampado de tigre. Adoraba esas líneas deformes amarillas y negras. Las pondría en todos lados. Si pudiera, forraría su habitación entera de estampado de tigre… Pero esta ocasión era única y su aspecto debía ser moderno y de última tendencia, pero también tenía que ser sofisticado y elegante. Al fin y al cabo, su aparición se recordaría durante años.

Estaba decidido: lo limitaría a un complemento o accesorio. Quedaría claro que estaba a la última pero sin llegar a fashion victim.

Lo que menos trabajo le había dado eran los zapatos. Y no es que no tuviera variedad entre los que elegir. Padecía esa común enfermedad que se caracteriza por una compulsión ilógica por la compra de zapatos. Nunca tenía suficientes. Nunca un nuevo modelo era lo suficientemente mediocre como para no dedicarle un sitio en su vestidor. Nunca renunciaba a un nuevo par con el tono de color de la última temporada. Toda una pared de su inmenso vestidor estaba dedicada a sus adorados zapatos. Los tenía allí colocados como en exposición; sobre repisas de vidrio con luces de halógenos orientables en el techo. Los contemplaba como si fuera una colección de pequeñas obras de arte, de estatuillas gemelas. Cuando entraba allí, a veces el embeleso hacía que perdiera la noción del tiempo y el espacio por unos instantes.

Esa noche luciría los zapatos de charol negros. Aunque no eran sus preferidos, no había duda ninguna sobre que eran los ideales para el evento. Los había limpiado con sus propias manos (más bien se diría que los había pulido) hasta que acabaron por brillar más que la lámpara de araña del hall principal, para cuya limpieza tuvieron que montar un andamio de obra y así poder llegar hasta ella. Las doncellas se esmeraban limpiando los cristalitos uno a uno mientras disimulaban su congoja por el vértigo de la altura.

Y es que el evento lo merecía todo. Sus padres habían perseguido a las más distinguidas personalidades de la alta sociedad de Provincial Town y habían conseguido que confirmaran su presencia hasta aquellos miembros más esquivos y poco amigos de celebraciones. Su hazaña sería repetidamente evocada con el paso del tiempo.

Ya estaba todo listo, desde las prendas principales hasta el último complemento. Llegaba la hora de comprobar el resultado de tanto esfuerzo y días de preparación. Se colocó delante del espejo con los ojos cerrados. Mantuvo la respiración durante unos instantes. Al final suspiró hondamente y abrió los ojos muy despacio: ¡Lo había conseguido! Su aspecto era excelente, impecable, maravilloso.

Calzaba los zapatos de charol negro con cordones que le aportaban un toque vintage. Asomaban exultantes bajo los pantalones de traje de lana fría y seda de corte estrecho que marcaban su cuerpo trabajado a diario en el gimnasio, sin ser ajustados, ya que entonces perderían sofisticación. Bajo la chaqueta a juego portaba un chaleco gris marengo con una sutil raya diplomática negra y camisa impecable de algodón egipcio y más blanca que la nieve. Ambos servían de marco perfecto para su corbata de estampado de tigre.

Sin duda lo había conseguido: ¡Manolo estaba magnífico!, ¡Insuperable!, ¡Espléndido!

Su inmejorable presencia le daba seguridad en sí mismo, aunque no era suficiente para calmar sus inmensos nervios. Mientras recorría el pasillo que llevaba de su habitación a lo alto de la escalinata del hall principal, donde estarían todos los invitados expectantes, un solo pensamiento llenaba la mente de Manolo: ¡Ojalá le guste a Celia Cienta! ¡Ojalá Celia Cienta me saque a bailar!

Sobre nana

Me desconcierta este mundo nuestro.

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