No es en la calle donde se esconde el agresor

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Por Ruben Ireland

Una mujer caminando sola de noche. Ruidos sospechosos, pasos que la siguen. No sabe si es el eco de los suyos propios o si alguien quiere hacerle daño.

La historia que nos han vendido de la violación es simple y tiene un propósito muy concreto. Un hombre desconocido te viola porque está “loco” o muy cachondo. Un perturbado aislado o culpa tuya por llevar la falda tan corta.

Estos mitos vienen reforzados desde varios frentes. El cine, los medios de comunicación y la cultura del miedo que nos transmiten hasta las fuerzas de seguridad del estado.

Nos dan una serie de consejos para prevenir la violación: no vayas sola de noche, no vistas demasiado sexy, no hables con extraños, pon más de un nombre en el buzón para que no sepan que vives sola, no pierdas de vista tu copa.

Parece que las violaciones van a ocurrir sí o sí, la cuestión es que no te toque a ti. Porque estos consejos de prevención de la violación implican que la violación es inevitable y debes dejar que violen a otra. A la que lleva la falda más corta, a la que vuelve sola a casa, a la que ha perdido de vista su copa.

Una cultura del miedo al violador, en vez de una cultura del consentimiento que enseñe a no violar. Todo esto bajo un fuerte tabú en la sexualidad femenina que no es para consumo de los hombres. Un tabú que criminaliza a las mujeres que saben lo que quieren, que quieren pedirlo. Y también criminaliza a las mujeres que exploran su sexualidad y descubren lo que no quieren que les hagan.

Una cultura en el que el “no” de la mujer es el inicio de una negociación, no el fin de la conversación.

Pero ¿a quién beneficia esta cultura del miedo? ¿Qué oculta? Mirando las estadísticas descubriremos que en el 82% de las violaciones la víctima conocía al agresor. Que era su pareja, un familiar, un amigo o un compañero de trabajo, no un desconocido en un callejón.

Esta construcción cultural colectiva que hacemos de la violación en el callejón oscuro, del desconocido al acecho para violarnos, invisibiliza que en la inmensa mayoría de casos, la víctima confiaba en el agresor. Que es más probable que te violen en tu casa que que lo hagan en la calle.

Esta idea preconcebida de lo que es una violación también dificulta mucho poderla reconocer de entrada cuando ocurre en tu casa. Piensas si no habrás hecho algo para que la otra persona crea que querías, si no podrías decir que no más fuerte y con más convicción. Si realmente es una violación si estas dormida.

Antes comentaba que el estereotipo del violador que se esconde en un callejón tiene un propósito muy claro. Esta figura del violador desconocido al acecho sirve para esconder los trapos más sucios de la masculinidad hegemónica y el producto más tóxico de la sexualización y la cosificación de las mujeres. Perdamos el miedo a caminar por la calle.

Sobre Lidia Infante

Psicóloga y profesional del marketing y la comunicación. Me río en la cara del patriarcado. Sobornable mediante café, Nutella y cachorritos. Siempre dispuesta a montar un comando SCUM. A veces le hago spoiler a la gente sin querer.

2 thoughts on “No es en la calle donde se esconde el agresor

  1. Hola:

    Subscribo la esencia de este artículo.

    En estos días precisamente estoy padeciendo la actitud del: «Una cultura en el que el “no” es el inicio de una negociación, no el fin de la conversación.» Yo ya no sé en qué idioma decirle que NO quiero.

    También he visto cómo quiere meterme el miedo en la cabeza con su estrategia de la más vieja de las manipulaciones [aunque yo me lo sacuda de encima como si se tratase de una cagada de paloma], y además tiene la desvergüenza de reprocharme que yo no diga nada; pero ya le contesto que lo que pasa es que no escucha lo que no quiere oir.

    También hace años, cuando vivía en pareja, aquella pareja [que parecía cortada con el mismo patrón que esta «persona» de ahora] se aprovechaba de mi sueño para «tomarse sus licencias» en lo que no era sino abuso sexual puro y duro.

    Creo que todo se resume en lo mismo: el avasallamiento de tal individuo contigo con el fin de conseguir hacer su voluntad con el prójimo. Y le da igual si es cuestión de sexo, de dinero, de dónde se pone el sofá o de lo que sea. Es simplemente que haga su voluntad y que los demás también hagamos «su voluntad».

    He conocido tanto hombres como mujeres cortados por ese mismito patrón. Sólo disiento en lo del patriarcado, que, sin negarlo, creo que abarca mucho más: es egoísmo sin pizca de empatía, es inhumanidad [o subhumanidad, si se quiere].

    No valen las excusas de la gente en la línea de: «Es que es así» o «Es que el mundo está hecho asá», etc.

    No, el mundo es como lo hace el conjunto de nosotros; si el conjunto de nosotros nos comportamos como personas en vez de como bestias [unos] y como espectadores impasibles [otros], el mundo nos respetará los derechos:

    — el de decir que NO [porque NO es que no];
    — el de que cada uno de nosotros tiene derecho a que no nos avasallen ni con miedos ni con amenazas [que también estoy sufriendo estos meses por parte de la misma bestia insensible y sin sentimientos];
    — el de que no nos manoseen mientras dormimos, por muy pareja nuestra que sea [sin permiso es como decir que NO];
    — etc.

    Cada día me alegro más de haberos encontrado en esta web. Siento vuestro respaldo cuando os leo, y sé que no soy un bicho raro —«más que un perro amarillo» me decía mi madre de mí durante mi niñez—. Soy una persona que clama y reclama mi derecho a la vida en paz y libertad.

    ¿Tan difícil es eso de entender?

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