“Socorro” es la palabra más difícil de pronunciar

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Fotografía por Davis Ayer

Pedir ayuda.

Qué fácil suena y qué difícil se me hace. A mí, que predico por activa y por pasiva lo importante que es ser capaces de expresar nuestros sentimientos. A mí, que acudo a un psiquiatra, a terapia, que hablo de lo que siento con facilidad y hasta escribo ante miles de personas sobre ello. A mí, que me indigna escuchar que alguien hace algo “sólo por llamar la atención” cuando llamar la atención es una de las formas más obvias de pedir socorro.

Pero a la hora de la verdad, mi boca no es capaz de gritar “socorro”. Es una palabra difícil, que mis labios no aciertan a formar, que no se desliza rápidamente sobre mi lengua y entre mis dientes. A veces, me ha resultado más fácil tratar de arrojarme a las vías del metro, de meterme una sobredosis de medicamentos.

Pedir ayuda es muy difícil en una sociedad que nos empuja a construirnos como sujetos todopoderosos, que todo lo pueden ellos solos, que no molestan a nadie. En una sociedad que desprecia al débil. Pedir ayuda es muy difícil en una sociedad que nos enseña a despreciar nuestros propios problemas, y que, especialmente a las mujeres, nos tilda de “exageradas” cuando les damos la importancia necesaria a las “minucias” que nos suceden.

Pero, cuando vives con la experiencia de la enfermedad mental, pedir ayuda se convierte en un reto todavía más inasequible. Porque la enfermedad mental viene, principalmente, del trauma: de haber vivido, haber pasado por experiencias difíciles que han provocado rupturas entre quién eres y quién has sido y te han llevado a atragantarte con pasados demasiado pesados como para poder sobrellevarlos.

A veces, el trauma es obvio -una violación, un maltrato. Otras veces, es leve, es sutil, proviene de la socialización femenina o de la socialización arco iris o de la socialización racializada, por ejemplo. De haber crecido como un sujeto que se construye como desviación del sujeto estándar, es decir, del hombre blanco, heterosexual, delgado…

El trauma, sin embargo, siempre está ahí, detrás de depresiones, ansiedades, personalidades trastornadas, psicosis más leves y más agudas, esquizofrenias totalmente incapacitantes. Al menos, eso pienso yo y eso he aprendido de especialistas como la mismísima Judith Herman.

Y la vivencia que compartimos muchas de las que experimentamos el trauma es la de pedir ayuda y que nunca, jamás, nos sirva de nada. Nuestros gritos de socorro, nuestras palabras pronunciadas en situaciones de emergencia son ignoradas por los poderosos en general y por nuestros mayores en particular por tratarse de “cosas de críos” muchas veces y de experiencias comunes a la mayoría de las oprimidas, casi siempre.

Yo recuerdo muy bien cómo los adultos miraban a otro lado cuando mis compañeras de clase se burlaban de mí. Recuerdo muy bien cómo, incluso, me echaban la culpa cuando no tenían otro remedio que enterarse de que me habían manipulado; recuerdo todavía mejor cómo me responsabilizaban a mí de que me pegaran, asignándome la tarea de “convencerlas” para que dejaran de hacerlo.

Pero la cuestión es que las niñas, y las más vulnerables menos todavía, no deberían ser nunca las encargadas de resolver totalmente solas sus propios problemas. Esto las deja en una situación de indefensión, y el cerebro, que es un órgano plástico (no debemos olvidarlo); acaba por aprender que pedir ayuda es totalmente inútil porque nadie va a tomar cartas en el asunto.

Y ni siquiera hace falta volver a la infancia para encontrarnos en estas situaciones de indefensión y desatención social. Cuando acompañé a una compañera a denunciar ante la policía un intento de agresión sexual en el metro, el hombre prácticamente se rio en nuestra cara y nos hizo sentir unas “exageradas”. Cuando otre compa recurre de nuevo a la policía para denunciar una agresión lgtbifóbica, tampoco le hacen caso.

Esta reticencia a “pedir ayuda” no es solo algo del pasado, es algo que la sociedad continúa grabando a fuego en nuestras mentes con cada nuevo intento de que los opresores reaccionen ante nuestras desgracias infligidas por sus colegas.

Sin embargo, lo que mi psicóloga me ha explicado ya muchas veces es que ya no soy una niña. Y aunque la sociedad se empeñe en seguir tratándome como tal, yo tengo mis recursos, mi comunidad; todas, incluso las que no os dais cuenta, los tenéis, me tenéis, nos tenéis… en mayor o menor medida.

Así que, aunque no sea a la policía ni a los médicos, aunque no sea a vuestros padres cuando no tengáis la suerte de que estén ahí para vosotras; aprended, aprendamos a pedir ayuda. Necesitamos de los demás.

El individualismo, el ideal del sujeto independiente que no necesita de nada ni de nadie, matan.

En la codependencia, en la necesidad más sana de tenernos las unas a las otras, se halla la clave de nuestra supervivencia tanto como individuos como en tanto que colectividades marginadas.

“Socorro”, a veces, es la palabra más valiente que podría salir de nuestras bocas.

Sobre Sol

17 años. Feminismo, salud mental y liberación lésbica. Escribiendo desde el lado lila del arco iris. Sol es autora del blog Pensando en Lila.

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